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5.2.11

BIOGRAFÍA



San José de Costa Rica, 1922 - México, 1974) Poetisa costarricense cuya obra se sitúa en la transición entre el realismo y el vanguardismo, especialmente dentro de la corriente surrealista.
Fue una viajera incansable (Guatemala, El Salvador, México, etc.), en parte llevada de su espíritu inquieto y en parte huyendo de su patria natal por el mutuo desprecio que se prodigaron ella y sus compatriotas.
Recreó en su obra poética la visión plástica de un mundo no siempre feliz, y transmitió en sus versos la misma intensa pasión con que ella vivió sus días. Su riqueza verbal y extremada sensibilidad pueden encontrarse en todos sus poemarios: Los elementos terrestres (1948, premio Centroamericano 15 de Septiembre), Territorio del alba (escrito entre 1946 y 1948 y publicado en 1953), Tránsito de fuego (1957, su mayor logro), Pasto de sueños (1953-1971) y Últimos poemas (1967-1972).
La voz lírica de Eunice Odio, siempre entregada a cada verso, presenta una evolución patente, en que Tránsito de fuego supone el cenit de toda su obra poética y la raya divisoria de dos etapas bien diferenciadas, desde aquella primera de composiciones más tradicionales. Los ocho poemas que componen Los elementos terrestres son de un erotismo explícito, un canto a la entrega física vivida entre "amado y amada", tema que recrea con ecos léxicos de San Juan de la Cruz, del Cantar de los cantares y otras influencias bíblicas. Su publicación tuvo lugar en Guatemala, ante la indiferencia que se le prodigó en Costa Rica, lo que decidió a Eunice Odio a nacionalizarse guatemalteca.
Su siguiente poemario, publicado esta vez en Argentina, se caracteriza por contener mayores audacias léxicas e imágenes rompedoras y con su pincelada de surrealismo, como aporte de Eunice Odio a la Vanguardia. A partir de 1955 se afincó en México. Se hizo ciudadana mejicana y, salvo algo más de dos años que residió en Estados Unidos, ya no abandonó el país, en el que trabajó como traductora para diversas editoriales y periodista en El Diario de Hoy, además de escribir artículos para revistas literarias de toda parte.

POEMA VII Introducción (Germinación) Introducción


I
Oh don,
oh don de sí, tu pelo,
albo discurso,
designio azul,
futuro de jacinto.

Yo podría cantar una canción
para que me sospechen de humo, en aire,
y de animal tallado entre la espuma,
en larga, leve, carcajada de arpa

Yo podría traer al corazón recuerdos
como uñas cayéndose del alma.

Pero estoy casi al borde de tu cuerpo,

Pero está al pie del surco tu desnudo
en traje de profundidad;

Piensa en tu edad el mar y palidecen
delfines ciegos cielo arriba, en rama,
pesando más el cielo menos aire
mar con sólo las olas y sin agua.

Y tú a la orilla del paisaje tiemblas
ah, intramarino pescador de espumas
cuya cadera crece entre corales,

Crepúsculo manchado de violines,
compañero fugaz de mi costado.

II
Alguien pasa rozándome las venas
y se abre el surco entre la flor y el labio.

Es que llega la noche
en columna de amor y ruiseñores;
su casco azul, lacustre, enjuga el alba,
baja la niebla por su piel y huyen
roces de pluma herida y madrugada.

Y antes de ser,
para futuro arribo de planeta
tiniebla inaugural,
cristal esquivo,
quietud de sumergidos resplandores,
la noche es de aire y tallo oscurecido.


POEMA VI (CREACCIÓN) Proposiciones de Prometeo

    

 

 Y la tierra estaba desordenada y vacía,
y las tinieblas estaban sobre la haz
del abismo, y el espíritu de Dios empollaba
 sobre la haz de las aguas
 El Génesis, 1-2

I
Altas proposiciones de lo estéril
por cuyo rastro voy sangrando a media altura
y buscándome,
palpándome,
por detrás de la rosa edificada,
sobre lo que no tiene orilla ni regreso
y es, como lo descubierto recobrado
que acaba el que siga y me revele.

Me apoyo en ti,
clima desenterrado de lo estéril
para fundar el aire de la gracia y el asombro;
y el metaloide aciago y desmentido,
primero en rama llega,
y luego en flor el metaloide oscuro,
y en fruto de sabor martirizado,
baja junto a la lengua enajenada,
pasa de mano en mano hasta la altura.

Porque no es lo posible lo seguro
sino lo que inseguro se doblega,
lo que hay que abrir y sojuzgar por dentro,
y es como polvo en cantidad de sombra.

Porque el fruto no es puerto
sin rumbo entre las aguas,
sino estación secreta de la carne;
íntima paz de cotidiana guerra
donde reposa el vientre silvestre y revestido
de accidentes geológicos y espesos.

Y la alegría purísima,
la honda grace presente y madurada,
que rebota hasta el fondo de la sangre,
que hace correr y madrugar en pájaros,
y equivocarse de pecho y ponerse,
como ciertas flores
un corazón de pana en la mañana.

La alegría de caer en inocencia de sí mismo
y disfrutarse junto a otras criaturas
en el descubrimiento de su nombre,
madrugando de pecho para arriba
donde los alimentos perseveran
hallados para el cielo.

II
Y será como el árbol plantado

junto a arroyos de aguas,
que da su fruto en su tiempo,
y su hoja no cae; y todo lo que
hace, prosperará.


Al borde estoy de herirme y escucharme
ahora que le propongo al polvo una ecuación
para el deslizamiento de la garganta,

Ahora que inauguro mi regreso
junto a mi pequeñez iluminada,

Ahora que me busco revelada
y transida en otros nombres,

Cuando por mí descienden y se agrupan
anchas temperaturas matinales,

Y han gran fiesta cerval en los caminos.

III
Pasa mi corazón
con su pastosa identidad doliente.

Mi aliento transitivo que enarbolo
y el niño cuyos pasos me prolongan.

Pero la sangre está ya en marcha,
repercute,
hacia un país recóndito y anclado,
entre pasados hierros con nombre de muchacho,
y extensos materiales fuera del pulso mío.

La sangre está ya en marcha
hacia una parte mía donde llego de pronto,
y me conoce el pecho en que tropiezo,
y mis extensas, pálidas, boreales coronarias.

El cuerpo es ya contagio de azucena,
estación de la rama y su eficacia;
palacio solitario en cuya orilla
crece el suelo y afluye entre rebaños
y entre sueños secretos y pacíficos.

IV
Puede pasar mi pecho errante,
mi instantáneo cabello
y mi atroz rapidez que no me alcanza,

Pero se ha vuelto inaugural
mi peso de habitante recobrado.
Y aires de nacimiento me convocan,

¡Ah, feliz muchedumbre de huesos en reposo!

Refluyen a mi forma y se congregan
los elementos suaves y terrestres
y la pulpa negada y transcurrida.

Los pájaros me cambian
a traslados mayores del sonido,

Y la tierra a empujones de llanura.

Al borde estoy de herirme y escucharme
ahora que me lleno de retoños y párpados tranquilos,

Cuando tengo costumbre de nacer
donde bajan los huesos temporales,

Cuando me llamo para mí, callada,
y alguien que no soy yo ya recuerda,

Sollozante y sangrando a media altura,
sobre lo detenido
descubierto
y recobrado.
 

NUBE Y CIELO MAYOR




   
    A los milicianos de dentro y fuera
    
Porque en España ardía la voz,

Ardía el vientre floral de la mujer
encinta con el mundo,

Ardía la arteria triste desnuda

Ardía el humus conciso de los hombres,

Ardía el húmedo estuario de tu daga
total y coronada.

Porque en España
se cubrían de lujosos cadáveres
los párpados de las muchachas

y el alba cercenada
soñaba con obispos y medusas,
y murmuraba el hombre su cándida estatura
más allá de su muerte conquistada,

Porque en España
Miliciano español
encubierto de escombros doloridos,
y tu cielo veloz acuchillado,

Mientras los enlutados
perdían tu ancha jornada de magnolias,
y revolvían
hasta variarla toda,
la gracia popular de las tahonas,
tú estabas en la época lluviosa de tu sangre,

y tu cuerpo,
en aire de paloma entrecortada,
recorría este suave desorden de ecuadores,
esta fácil ternura de los rostros de América.

Salud
Miliciano Español
a tu frente miliar
y a la turbia excelencia de tu sangre,

Salud a tu mejilla levantada,

Salud
Miliciano Español

Discípulo tatuado
en la cubierta extraña de Guernica,

Salud al espinazo de tu espada,

Porque en España,
cuando los enlutados
pacían en tu dulzor enrojecido,
y comían de tu carne derramada,
tú eras como un ángel escolar
en la esquina del mundo,

como un sol destapado con tu herida,

Salud
Miliciano Español
griterío original de días degollados,

Herida desplomada en las puertas del hombre,

para que el hombre oyera
tu iracunda fragancia
y acogiera
el alto decaer de tu cintura,
el cálido color de tu armonía,

Salud a tu lacónica silueta
melancólico el gesto entre las rocas,
y la mirada envuelta en una lágrima,

Salud
hasta tu corazón más íntimo,
y en tu sudor más íntimo,
y hasta en el dorso
más olvidado de tu hueso,
desordenado y alto,

Salud a esa tu muerte tan desechada,
tu muerte aun húmeda y sola
al socaire del olivo,

Salud
Miliciano Español,

Dinamitero que ardes
con tu boca en amas
y tu fragor al cinto,

Salud hasta en tu niño fusilado
que deslinda su ombligo entre tu frente,

Salud
Miliciano Español

Porque cuando en España
los arzobispos desfondaban a Cristo
y le pateaban el muslo y los dedos largos,
tú estabas con el rostro dividido
y con el sexo lleno de semanas
eternamente oscuras.
Porque cuando los militares de medio rostro
mutilaban la era embarazada
y se masturbaban la mente con un paraguas,
tú estabas cerrado a todas las sangres,
parado sobre todos los asaltos,
y tu cuerpo de suave corola destituida
tenía una voz para tu mismo cuerpo,

Salud
Huésped funeral y hermoso,

Salud
entre tu frente que está al socaire del olivo
aun sola;

porque aún
entre los relojes de los bufetes
y de los tocadores,
los arzobispos y los medios rostros de los traidores,
se masturbaban la mente con un paraguas,
y en tu España,
en la mía,
en la de todos,
aún arde tu cuerpo como un clavel de asalto.

Aquí,
amigo,

Miliciano español
poblado hermano nuestro,
sobre tu corazón de polvo y estampido
nosotros estamos parados al pie de las cosechas,

Sobre lo que parece que se ha roto en el llanto,

Estamos todos,
mostrando el tanto de brillo de una lágrima.

Somos los apasionados magníficos,
los pequeños exaltados
siempre floridos,

los de rostro transitable,

Estamos todos
esperando sobre la piedra erguida,
somos los de dentro y los de fuera,

somos todos los americanos.

EPÍGRAFE


I
           Tu mano en que desdoblan ruiseñores
su pálido desnudo,
su ancho pecho de musgo coronado,
es mano que abre al viento reclinado
claro jazmín entre la sien oscura.

          Sí, deshojada el agua entre la frente,
labra pequeña placidez de lirio
y entre los dedos gajos de violines.

II
          Tiende el oído y óyeme esta canción
que es como semilla de estaciones.

          Que es como la casa de verano
donde me crece de la mano un niño,
y el alma da empujones a la orilla,
y es como piel el alma -no se siente.

          Entraremos de pronto en el verano como árboles
vegetalmente abiertos de oídos y de polvo,

          Porque todo refluye hacia el arribo,
asciende el vientre a capital de fruto
y el aire hacia ecuación de golondrina.

         ¡Brotes sacramentales de la hierba,
oh, dádivas subiendo de la entraña,
suma de transitados alimentos!

         Y a la altura del pecho y la labranza
semilla de silencio y luz desierta.

         Todo regresa hasta su forma exacta.
La vida retoma su ambición pequeña
de ser, del todo, vegetal profundo,
recóndito edificio y luz abierta.

APRISIONADA POR LA ESPUMA


I
Aprisionada en cárceles de espuma,
en la medida de tu cuerpo,
no veo pasar la noche,
sólo veo el día
que entra por tus axilas transparentes
y te desnuda.

Veo, amor mío,
el lecho donde estamos
y compartimos
las dádivas,
los cielos...
Todo lo que nos negó y afirmó como lo que somos:
mil años de alegría corporal
y materia sin sombra
y palabras
que se dicen diurnamente porque vienen del aire
y hay que oírlas y decirlas
a través de los árboles
y en lo que no se escribe porque aún no se inventa su
nombre;
porque su júbilo
todavía no ha sido descubierto
y las flores de su alrededor
aún no son cosas del viento
(aún no han ido a un invierno ni regresado a la primavera).

II

Voy a tu cuerpo igual que ir a los ríos,
igual que van los ríos a los pájaros
y ellos al espacio desatado y florido.

Vengo de ti a la era
donde todo es de todos:
los que llegan, los que se han ido,
los que aún no han venido,
los que no volverán...

Porque eso es tu cuerpo:
un adentro, un afuera compartido
por mí y por el viento,
por el mar y los seres que lo guardan;
por el color y las embestidas del otoño,
y las andanzas del verano
¡que viste cosas silvestres
y es custodio de las abejas
y funde las hierbas en un crisol matutino,
en una prolongación de azucenas.