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4.12.09

SAMUEL TRIGUEROS

(Tegucigalpa, Honduras, 1967)Autor del libro “El trapecista de adobe y neón” (en coautoría con Albert Depienne. QDDG).Premio Único de Cuento Súbito-Centro Editorial. S.P.S. 1991, con el cuento “Sin una palabra”.Mención de Honor para Poetas Jóvenes. Revista Mairena. Río Piedras, Puerto Rico. 1992., con el libro “Amoroso signo”.Primer Premio Poesía. Lira de Oro Olimpia Varela y Varela 1988. Honduras., con el poemario “Todo es amor tras esta nostalgia”.Primer Premio Ensayo. Lira de Oro Olimpia Varela y Varela 1988. Honduras., con el ensayo “Borges”.Primer Premio Víctor Hugo 2003. Alianza Francesa, Secretaría de Cultura Artes y Deportes, Embajada de Francia., con el libro “Animal de ritos”.Miembro fundador y primer director del Colectivo de Poetas Paíspoesible. Antologado en “La hora siguiente”. Poesía emergente. Ediciones Il miglior fabro. 2005. Antologado en “Versofónica. 20 poetas, 20 frecuencias”. Paíspoesible, Banco de los Trabajadores. Reseñado en “Panorama crítico del cuento hondureño”, de Helen Umaña. Letra Negra Editores. Guatemala, 2001. Reseñado en “Diccionario de literatos hondureños”, de José Gonzáles. Editorial Guaymuras, 2006.Antologado en “Papel de oficio”, Veinte poetas. Secretaría de Cultura, Paíspoesible. Mención de honor en el Premio Hibueras 2006, con el cuento “Una despedida”. Antologado en “La palabra iluminada”. Helen Umaña. Letra Negra Editores. Guatemala, 2006. Antologado en “La herida en el sol” Antología de Poesía Contemporánea Centroamericana. Universidad Autónoma de México (UNAM), 2008.

RESURECCIÓN

De cuando en cuando el corazón
los huesos en silencio
los tendones laxos
los párpados cerrados
establecen un acuerdo a espaldas de los otros
a un costado de todos los dormidos
en la gran colina de cenizas
en la gran consecuencia de la muerte
en la coronación de lo que fue la vida
vacilando pero honestos
entre la inexistencia y el humo
para decir “esto” “aquello”
en lengua torpe
en balbuceo de mundos
de historias pequeñas reducidas a un cuerpo
a unos datos para el aire
a un aliento que escapa entre las grietas de la carne:
otra mano que escribe el palimpsesto:
ir de regreso en viaje nuevo
inverso
siendo otro en el mismo
como antes
como nunca
apenas una voz que intenta encender preguntas
sin más consentimiento que la invención de un coto
de un lugar donde el pie sabe “aquí”
sin un “por cuánto”
excepto el deber
la ineludible vuelta a la sencilla forma
sin mentiras ni matices para la complacencia
sólo unos omóplatos
tejidos
órganos
una construcción que avanza
contra la insoportable medida del silencio
ese es el acuerdo
sólo una voz que inicia algo
aunque no un mundo
al decir lo que nunca
lo que apenas
eso que insinuado no
lo que leído no sirve como ejemplo
más allá de los arrebatos
y la tirana sensación del subconsciente
o la inutilidad de un pensamiento
en el hueco erizado de las horas y la historia
puesto que para eso están las tarjetas perforadas
los vestidos agónicos
la efeméride del consumo
los cubículos de la rutina
las mezquinas partidas de la miseria
pero aquí desde los abismos
una columna se levanta en la virginidad del aire
en el gran río de la sombra
un pueblo que sale al fin del semisueño
con espadas óseas contra los códigos adulterados
acuerdo
conspiración de vísceras desde la pesadilla
desde el quebrantamiento
más allá de la neblina que arriba ahoga el vuelo
más allá de la tormenta sucia de otros ruidos
cuya barbarie roe las paredes
el pecho
los circuitos con que la sangre hace su música
pesa la crónica
hace polvo de sombra la intención
la fantasía de un cielo puertos y horizontes
de una casa pequeña
de un encuentro donde la nostalgia se transfigure en fuego
por eso los acuerdos
la floración silvestre de esqueletos
de cámaras resucitadas donde otra vez el ánimo
los líquidos
los renovados tendones se levantan
en contra del cinismo
ahora al fin presencia
brillante acuerdo de las partes
comunión tácita
no magia no sospecha
ya que los presagios son una ciencia sin futuro
sólo acuerdos
iniciación reconstruida a partir de viejos ritos
sobre piedras desgastadas
lenguaje reinventado
cinematografía hecha de asombros que aprenden
su acto de luz
de gargantas donde el aire no es menos que un niño
o un espíritu nonato virgen de fracasos
y en los acuerdos dudas necesarias
para no tragar el vómito
para impulsar la nave
hinchar las velas
dejar aparte los exilios
y regresar a lo de ahora
ser lo que jamás
lo que dado el recuerdo sobrevive
más acá de la tierra y los dolores.

TRÍPTICO POR LA LUZ

I
La luz recuerda,
exhausta,
en honda sombra,
el breve instante en que las llamas
levantaron su imperio por el cielo;
quieta, recuerda vastos pueblos,
los caballos o relámpagos tensos girantes en la hierba,
alzados en el esplendor de su victoria.
En el confín dorado del abismo
mira su antigua rueda de milagros,
la catedral fugaz de su mentira
y oscurecidos prados donde muriera el canto.
Desconsolada llega la penumbra.
Tiempo de ver fluir lo inexorable,
el sueño de verdad, la tarde,
por el declive turbio de las aguas.
Tiempo de estar, perdido con el barro
que sostuviera al cuerpo en fulgurancia.
Lo que en el claro día palpitó sucumbirá a la noche:
el bosque entre las hojas en la hora iluminada,
las palabras cruzando como pájaros,
el viento que olvidamos en los labios,
los continentes blancos en lo alto,
las invisibles manos
que alzan el heno en límpidos oleajes.
El girasol que abren y agostan los amantes
será materia,
débil materia del sueño incinerado.
La luz perdida toca en la tiniebla
los callados vestigios, los fragmentos,
la casi nada de su blanco cuerpo de memoria;
sabe que no retorna
la mansa espiga que el invierno uniera con el cieno,
que sólo es polvo el oro de su reino.
Y nada queda.
Y nada fue, sino la luz,
la vida,
el sueño en la distancia.
II
Lejos pasó la luz.
En los espesos bloques de la noche fluyen,
heridos, los instantes.
Ahora mis brazos,
el galopar nervioso de los astros,
el imperio del sueño que vibrara,
son música vencida, arenas vagas,
quilla que no cortó las aguas:
la agitación del viaje que se apaga.
Ahora mis manos van entrelazadas
contra la duna oscura de mi pecho.
Lejos golpeó la luz.
Atardeció en mi carne.
La vida entera ardió como una gota de ámbar.
Sin embargo, algo quedaba del jardín,
de la mañana vertida en la ternura,
de la esperanza sumergida
en los inmensos días luminosos,
cuando la hora es ancha y abarca soles navegantes,
besos que arden en la insensata lumbre del deseo:
el sueño de sobrepasar la muerte.
Anocheció en mis huesos.
Mientras la sombra vino sobre el mundo
supe que no es difícil desprenderse
de la límpida boca de la vida;
caer en lo profundo,
donde la luz no llega.
Las hojas rotas,
lo que de mí persiste, seguimos en lo oscuro,
sin intentar volver a la amistad del cielo.
Este es mi antiguo lecho, mi cámara de limo,
nuevos mientras comprendo
el término y destino de mis horas.
Esta es mi tierra de erizado mármol.
Alguien rompió la piedra para guardar mis iniciales
en la vana rutina de los aires;
y he visto a las palabras esforzarse,
querer ser,
creer,
iluminarse,
ansiar eternidades y angustiadas
caer
sin entender que el polvo y no la ira las reclama.
Este es mi cielo sin distancia,
entre constelaciones de raíces
y la humedad que baja en medio de los bulbos,
piedras
y el corazón de los jacintos ignorados.
Arriba corren los caballos,
y puedo imaginar
el claro jinete de las horas pardas
con el cristal del día entre las manos.
Y porque nada más poseo,
pienso en el fresco reino que ascendía
mientras la luz bajaba por la pared enferma de la tarde;
en el envés plateado de los sauces
sobre el temblor perdido de las aguas.
En la casa lejana
vigilia y sueño pasan abrasados.
La densa soledad sigue sin pausas.
¿Cómo podría ser de nuevo verdadero
en el amor o el odio,
aquí,
donde el intento de unos besos no alcanza más que los maderos,
la breve puerta de cristal cegada por la tierra,
los brocados que encierran mis lívidas entrañas?
Y ¿cómo sorprender al tiempo trabajando
con energía brutal en mi nostalgia?:
Recuerdo aquel verano,
la blanca piel,
la dorada espiga de agosto,
el vigoroso fulgor del aire entre los labios...
Y ¡qué silencios!,
¡qué ahogadas palabras acuden!,
¡qué pájaros hermosos
caen tan cerca de mis manos!
mientras el inclemente octubre se derrama.
Queda la hierba simple,
la roja estela que dejó la imagen
de los caballos mustios del ocaso:
el sueño de la carne:
perdurar un solo instante
en la ciudad del último destello...
¡Tanto brilla el recuerdo de las luces en lo alto!,
mientras la vida pasa,
mientras la sombra espera
como un abrazo
de los tranquilos reinos del subsuelo.
III
Menos que polvo es el recuerdo:
luz que no logró llegar donde mis huesos.
Y no despertaré para poner mi sombra
en el ardiente día venidero
ni fulgurar de noche con los sueños abisales.
Abrid el astro de los ojos,
y ved,
cómo he perdido el tiempo y he ganado los abismos,
la absolución final de los instantes,
el pasado de un cielo que brillará.
Luego apagad la rememoración del día,
los vanos fuegos, las voces importunas,
y dejadme soñar
el inflexible sueño de mi nada.
En la incansable noche hablo de la sombra
como de un lirio abierto
en la cerrada luna de los búcaros;
de las rotas imágenes que giran a su condición más tenue:
se alzan y se desvanecen:
son las últimas brasas palpitantes,
ráfagas del turbión donde la vida estaba.
Y hablo también del término del viaje
y del destino que apenas se levanta:
sombra sin tiempo anclada más allá de las palabras.
Nunca tuvo la sombra
más energía perfecta que ahora
en sus corceles que rememoran el paso desbocado de la sangre
por la intrincada red de inapresadas emociones:
magnéticos los cuerpos yacen, no se alzan,
apasionados e inefables,
sin importar si es dicha o es quebranto
la combustión que cruza inexorable.
Considero la senda que separa
mi tiempo sin instantes de los astros,
y es de sombra la savia que sostiene
viejas ramas flotando en el abismo.
Sombra es lo que hay en la distancia
que une y separa las estrellas y mis manos.
Y luego nada...
Habla la luz que fui;
y esto de siempre es el vacío unido a las palabras,
el sólido vacío que exhala
en soledad mi indiferente calma.

ELLOS QUE NO SON NOSOTROS


I
Ellos son el origen del cáncer
los del traje cosido con hormigas
abotonado con formol
los de la dentadura mecánica y voraz
los que redactan publican y reparten la sombra y el mastín
las babas de las prohibiciones
los que secuestran la ternura
y la exhiben sin brazos
sin abrazos
cicatrizada de impuesto en las vitrinas de la sangre
los que en lugar del corazón
cargan un catafalco preñado de cadáveres
los que masacran la esperanza
hollan la luz cortan los jardines
y nos entregan un orbe de basuras.

II
Ellos son
la reverberación fatal del cáncer
los dueños de la fábrica inhumana
los productores del insomnio y el cansancio
los demiurgos del fondo de los pozos
los reinventores del vómito y del hongo
los orondos sepultureros de la patria
los antisoles de la década perdida
los susceptibles alérgicos a todas las verdades
los cuervos adiestrados
en la potencia oscura de la fiebre
mensajeros del cierzo
heraldos de la miasma
reptiles de la muerte
sobre la blanca pared del sueño y de la historia.

III
Ellos son la suprema esencia del cáncer
los prisioneros del cromo y del estilo
los perfumistas de la soledad
los del tacto enajenado
los que meten la mano en medio de los pájaros
y engendran un piano de inmundicias
patronos de Caronte
espuma amarga del tedio y del olvido
pirómanos del alba
los tristemente siniestros postergadores de la dignidad
los soberbios
los oficiantes del quinqué apagado
los propietarios de la intensidad del frío
los publicistas de la semilla estéril y el Tratado
y su económico gendarme
los parceleros del crematorio de las almas
los del cerebro político baldío
donde copulan entre spots de aullidos
el neopoder y la mentira.

IV
Ellos son la llagada corona del cáncer
el círculo de pústulas
servido en cucharón de plata
los invasores tullidos de la democracia
los enquistados en la pesadilla ciudadana
los administradores del pentotal y la picana
los despiadados amantes de sí mismos
las tarántulas inciviles
anticiviles
rodadoras de un sol momificado
la diana pútrida a la que apunta el rayo de palabras
y el puño acumulado de las lágrimas
y la ira sencilla
natural
constante
inexorable.