Mostrando entradas con la etiqueta Guillermo Carnero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guillermo Carnero. Mostrar todas las entradas

17.3.08

MÚSICA PARA FUEGOS DE ARTIFICIO


Hace muy pocos años yo decía
palabras refulgentes como piedras preciosas
y veía rodar, como un milagro
abombado y azul, la gota tenue
por el cabello rubio hacia la espalda.
No eran palabras frágiles, prendidas al azar
de un evadido vuelo prescindible,
sino plenas y grávidas victorias
en las que ver el mundo y obtenerlo.
La emoción de enunciar un orden justo
cedía realidad al sonido y al tacto
y quedaba en los labios la certeza
de conocer en el sabor y el nombre.
Pero la certidumbre de una mirada limpia
es una ingenuidad no perdurable,
y el viento arrastra en ráfagas de crespones y agujas
el vicio de creer envuelto en polvo.
Y si tras de la luz esplendorosa
que pone en pie la vida en un haz de palmeras
el miedo de dormir cierra los cálices
susurrando promesas de una luz sucesiva,
el fulgor de la fe lento se orienta
al imán de la noche permanente
en la que tacto, imagen y sonido
flotan en la quietud de lo sinónimo,
sin temor de mortales travesías
ni los dones que otorga la torpeza
sino un fugaz vislumbre de medusas:
inconsistentes ecos reiterados
en un reino de paz y de pericia,
apagado jardín de la memoria
donde inertes se pudren sumergidos
los oropeles del conocimiento
y como resquebraja la alta torre
la solidez de su asentado peso,
de tan robusto, poderoso y grave
se quiebra y pulveriza el albedrío.
Así para las aves y la plácida
irrepetible pulcritud del junco
hay cada día olvido inaugural
en la renovación de la mañana:
quien hace oficio de nombrar el mundo
forja al fin un fervor erosionado
en la noche total definitiva.

MEDITACIÓN DE LA PECERA


La perfecta y homogénea redondez es el primer obstáculo,
pues por ella se opera una limitación básica
a la posibilidad de plantear un programa efectivo:
que un supuesto punto de observación pueda adoptarse.
Porque un giro de trescientos sesenta grados, tomándola como centro,
no descubre en lugar suyo alguno un rasgo diferenciador cualquiera
-textura del cristal por ejemplo, su espesor,
coloración u otra circunstancia que haga refractar
la luz allí de manera distinta.
El segundo es, siguiendo el orden lógico,
la trasparencia igual y uniforme del medio
(circunscrito por una esfera perfecta),
pues ello impide discernir en su seno punto alguno
que, fijado de manera inequívoca, sirva de referencia
para trayectorias y mediciones sucesivas.
El tercero es, evidentemente, la convicción bien fundada
de ser totalmente aleatoria la movilidad de los peces
al no serle aplicables las Leyes de los Grandes Números,
por entrar el caso en conflicto con sus hipótesis básicas.
El contemplarla fijamente lo induce aún a mayor confusión,
pues le revela una agresividad
en la materia indócil, tan manejable y breve;
como aquel protomártir armenio murió luego de la desolación, inútil
en quebrantar su ánimo, de una simple aspersión de perfume
mientras una blanquísima esclava desnuda tañía con palillos de jade
vasos, musicales por estar llenos de agua:
incoherencia.
Pues si concentra su atención en uno solo
pensando aislar así los tres problemas a efectos de análisis
(y signifique esto que son tres los ágiles peces)
para, una vez delimitada cada trayectoria [su curva
en un espacio de tres dimensiones (que la esfericidad
le impide proyectar dichas trayectorias sobre un plano
como posibilitaría con sus aristas un acuario corriente)]
con sus variantes codificadas, y a ser posible
dividida en un breve repertorio de movimientos básicos
en sucesión consigo mismos y con otros
mediante un número finito de leyes combinatorias precisas
con su margen de error asimismo acotablepara
recomponer entonces, digo, la realidad del fenómeno
que como un todo no es inmediatamente accesible,
advierte entonces que, puesto que la entera realidad que se le alcanza
la constituye el ámbito de la pecera,
no cabe más referencia para la trayectoria de uno
que suponer fijo alguno de los otros.
El problema se muerde la cola
pero ninguno de los peces lo hace (lo cual o los inmovilizaría
o los haría girar sobre un eje, lo que es equivalente)
así que contempla perplejo su indefensión ante el cristal,
que por falta de centro no termina.

OSCAR WILDE EN PARIS


Si proyectáis turbar este brillante sueño
impregnad de lavanda vuestro más fino pañuelo de seda
o acariciad las taraceas de vuestros secreteres de sándalo,
porque sólo el perfume, si el criado
me tiende sobre plata una blanca tarjeta de visita,
me podría evocar una humana presencia.
Un bouquet de violetas de Parma
o mejor aún, una corbeille de gardenias.
Un hombre puede
arriesgarse unas cuantas veces, sobre la mesa
la eterna sonrisa de un amorcillo de estuco,
nunca hubo en Inglaterra un boudoir más perfecto,
mirad, hasta en los rincones una crátera de porcelana
para que las damas dejen caer su guante.
Oh, rien de plus beau que les printemps anglais,
decidme cómo hemos podido disipar estos años,
naturalmente, un par de guantes amarillos no se lleva dos veces,
cómo ha podido esta sangrienta burla
preservarnos del miedo y de la muerte.
Un hombre puede, a lo sumo unas cuantas veces,
arriesgar el silencio de su jardín cerrado.
Pero decid, Milady, si no estabais maravillosa preparando el clam-bake
con aquella guirnalda de hojas de fresa!
Las porcelanas en los pedestales
y tantísimas luces y brocados
para crear una ilusión de vida.
No, prefiero no veros, porque el aire nocturno,
agitando las sedas, desordenando los pétalos caídos
y haciendo resonar los cascabeles,
me entregará el perfume de las flores, que renacen y mueren en la sombra,
y el ansia y el deseo, y el probable dolor y la vergüenza
no valen el sutil perfume de las rosas
en esta habitación siempre cerrada.

MUERTE EN VENECIA


Detlev Spinell, son aquí debajo
de la muerte.
La sangre de la noche
por el parque, las alas de la noche
por el agua del parque, hasta la sangre
los ojos submarinos, las palomas,
el negro viento de su pelo, el agua
por el kiosko, por las porcelanas
azules, por los álamos, la orilla
de la noche, los mimbres destejidos
de la noche.
Debajo de su nombre,
del borroso marchamo, demasiada
fue su belleza por entre las barbas
de los antepasados, los blasones
y el yeso colorado de los culos
de los ángeles.
Mira: no es el pájaro
debatiendo su herida en el teclado
ni es la cuerda que gime ni el antiguo
sonido de su nombre, ni los tilos
ni el sol sobre la nieve.
Aquí debajo,
Detlev Spinell, de la muerte, al fondo
de las playas que rozan las palomas
de sus dedos, debajo de la muerte,
ya has olvidado el nombre de los bancos
de madera, la grava del camino,
las sombrillas de seda, los rugidos
de un presentido mar, mira la horrible
presencia de las cosas, los zarpazos
del sol, rugen las flores, se despliegan
los dientes de la noche, arriba sombra,
el martillo del mar, amor, oh noche
debajo de la muerte!
Se ha rizado
muy tenuemente el mar, o era su pelo,
se levanta cantando entre el tiznado
desnudo de los árboles, o el viento
ya quebrantado de su pelo, ola
por el monte lluvioso, hacia los viejos
sonidos de la vida, su lejana
adolescencia...
No, ni en el piano
ni en su muerto cabello, no, debajo
de la muerte renace, ni en las fotos
amarillas, debajo de la muerte,
en la ola de hoy se ha creado
su pasada belleza.
Ahora recoge
tu viejo libro... Pola, la sirena,
il vaporetto, las palomas grises
su belleza la ola pronto el viejo
maletín, hacia el puerto, hacia Venecia,
hacia ninguna parte.
El afilado
grito desde la nieve, desde el hueco
bramido de la noche los zapatos
de viaje deprisa allí la muerte
la arena, aquel sonido como el largo
vuelo de las gaviotas, allí tienes
Detlev Spinell deprisa la capa
de viaje tu muerte pronto, tienes
que llegar
el sombrero de los músicos
la pasarela, el Lido, las palomas,
und bon jour, euer Exzellenz!
la ola
ya está muy lejos, Venecia, tu muerte,
Detlev Spinell, has sentido el largo
sonido anticipado, ve, tu muerte,
rescata la belleza de su inútil adolescencia.
Una vez más el silencioso resbalar de la góndola, casi
para tocar hacia la sangre un ramillete de frío,
para mirar al fondo de los derrumbaderos de la noche.
Como tantas otras veces, hacia la laguna,
despacio, desde ese ligero puñado de fresas,
tantas y tantas veces por entre los leones de piedra
y las columnillas transparentes de mármol, su delgado racimo de sangre,
tantas veces entre el aire mordido por las gárgolas,
en los rincones de las loggias, en los ecos
cubiertos de polvo en el mojado silencio de las fuentes,
una y otra vez
casi podría decirte cómo he recorrido
los dedos y la palma de mi mano,
cómo he visto despacio el opaco vacío de mis ojos
al mirar y tocar y correr y seguir cada tarde hacia la laguna
la góndola ligeramente velada por la niebla,
un puñado de fresas, a lo lejos,
allá atrás, en la playa, podría buscar ahora
las largas trasparencias sobre el pálido fondo del abismo
pero no
rozar la mano ligeramente sobre las aguas
para tocar con los dedos la punta de otros dedos, no,
allá a lo lejos es la muerte acaso,
tan sólo es un racimo de fresas salvajes, casi puedo
decirte cómo iba buscando el rostro de las cosas desde el brocal de los pozos,
quiero descender blandamente hacia la más alta noche,
ahora llevo mi muerte por la sangre vuela una golondrina,
quiero llevar mi muerte hacia la noche,
a la orilla del mar, hasta la orilla
de la noche,
quiero dejar mi muerte a orillas de la noche,
respirar la brisa de la noche, las flores ateridas,
el aire de las cosas, la tierra que no es,
al mismo fondo de los derrumbaderos de la noche.

FROWNING UPON ME


Enciendo tantas luces para verte
salir, entre un redoble de tambor,
del pastel, con chistera y tacón rojo,
y tengo otra mirada que te sabe
con más profundidad y más anchura,
abrazando la forma que se pierde;
me las apagas todas con sonrisa
de llevar la otra luz en un estuche,
envuelta en seda negra con su brillo.
Vuelves a sonreír, y si requieres
el arco de una ceja y me disparas
esa condescendencia flechadora
me desmenuzas y liliputizas
y me voy al rincón con un azote
en pantalones cortos sin domingo,
un setter arrastrando las orejas,
el gusano que vuelve a su manzana
y huye de aqueste mar tempestuoso,
pero no: me rescatas con tu risa,
un beso en la nariz y estate quieto
tumbado ahí como una circasiana,
yo que quería, a guisa de varón,
estrujarte en un puño temblorosa
como King-Kong a la mujer de oro,
desgarrarte el satén con una uña.
Así estoy en tu luz crucificado,
espero y creo en tu misericordia
y sé que harás de mí lo que prefieras:
después de lacerarme con un bucle
y encender en mi piel las cinco heridas
jugando con la lengua y las pestañas,
me dejarás vacío
con un golpe certero de los labios.

GUILLERMO CARNERO. Biografía


Nació en Valencia en 1947. Licenciado en Ciencias Económicas. Licenciado y Doctor en Filología Hispánica. Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Alicante desde 1986. Ha sido profesor en las Universidades norteamericanas de Virginia, Berkeley y Harvard, y miembro del Consejo Asesor de la Fundación March y de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales para el centenario de Rafael Alberti y la exposición del Museo del Prado y el Centro Cultural Conde Duque, "Tres mitos españoles: Don Quijote, Don Juan Tenorio y la Celestina". Miembro del consejo editorial de las revistas Hispanic Review, Dieciocho, Ínsula, Castilla, Voz y Letra, La Nueva Literatura Hispánica, Studi Ispanici, y de las Sociedades Española e Internacional de Estudios sobre el siglo XVIII. Dirige desde su fundación la revista Anales de Literatura Española y ha sido codirector (junto a Alberto Blecua y Pedro Cátedra) de la colección "Clásicos Taurus". Ha coordinado los vols. 6, 7 y 8 (1700-1868) de la Historia de la Literatura Española fundada por Ramón Menéndez Pidal, y dirigida en la actualidad por Víctor García de la Concha. Ha dirigido numerosos cursos en la Universidad Menéndez Pelayo, y pronunciado conferencias en las principales Universidades españolas, europeas y americanas. Ha practicado la crítica literaria en Ínsula, El País, El Cultural de El Mundo, Letras Libres y otros periódicos y revistas. Ha publicado nueve libros de poesía desde 1967, y ediciones de su obra poética completa en 1979, 1983 y 1998. Fue uno de los incluidos en la antología Nueve novísimos poetas españoles (1970) de José María Castellet. Sus poemas han sido traducidos al alemán, búlgaro, checo, francés, holandés, inglés, italiano y valenciano. Ha recibido importantes premios literarios. Es especialista en literatura española y comparada del siglo XVIII, del siglo XIX y de la época vanguardista, y ha publicado seis libros sobre los temas de su especialidad.

POESÍA: Dibujo de la muerte (1967). El sueño de Escipión (1971). Variaciones y figuras sobre un tema de La Bruyére (1974). El azar objetivo (1975). Ensayo de una teoría de la visión (Poesía 1966-1977) (1979).Música para fuegos de artificio (1989). Divisibilidad indefinida (1990). Dibujo de la muerte. Obra poética completa (1998). Verano inglés (1999). Ut pictura poesis (2001). Antología. Sepulcros y jardines (2001). Espejo de gran niebla (2002). Poemas arqueológicos (2003).

OTROS: Estudios: El grupo "Cántico" de Córdoba. Un episodio clave en la historia de la poesía española de posguerra (1976). Los orígenes del Romanticismo reaccionario español. El matrimonio Böhl de Faber (1978). La cara oscura del Siglo de las luces (1983). Las armas abisinias. Ensayos sobre literatura y arte del siglo XX (1989). Estudios sobre el teatro español del Siglo XVIII (1997). Espronceda (1999).

Ediciones de textos, con notas y estudio preliminar: El Valdemaro, de Vicente Martínez Colomer (1985). Obras raras y desconocidas, vol. I, de Ignacio de Luzán (1990). El Rodrigo. Eudoxia. Selección de odas, de Pedro de Montengón (1990). La Eumenia. Oderay de Gaspar Zavala y Zamora (1992). Antología poética, de Juan Gil Albert (1993). Voz de la naturaleza, de Ignacio García Malo (1995). Doña María Pacheco. Tragedia, de Ignacio García Malo (1996). Memoria sobre espectáculos. Informe sobre la Ley Agraria, de Gaspar Melchor de Jovellanos (1997). Las ilusiones, con los poemas de El convaleciente, de Juan Gil Albert (1998). El Rogrigo, de Pedro Montengón (2002). Obras raras y desconocidas de Ignacio de Luzán (2003).

Ediciones de volúmenes colectivos: Actas del Congreso Internacional sobre el Modernismo español e hispanoamericano (1986). Montengón (1991). La novela española del siglo XVIII. Extraordinario (núm. 11) de Anales de Literatura Española, 1995. Historia de la literatura española, dirigida por Víctor García de la Concha, vols. 6 y 7 (siglo XVIII) y 8 (siglo XIX. 1) (1995-1997).