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21.1.10

AMALIA IGLESIAS SERNA. Biografía















Amalia Iglesias Serna nació en Menaza, Palencia, en 1962, aunque pasó su juventud en Bilbao y hoy vive en Madrid, donde es jefa de redacción de Revista de Libros. Licenciada en filología hispánica por la Universidad de Deusto, escribe poesía desde muy joven. Entre sus libros de poemas destacan: Un lugar para el fuego (Rialp, 1985), con el que obtuvo el premio Adonais en 1984; Memorial de Amauta (Endymion, 1988), premio Alonso de Ercilla del Gobierno Vasco en 1987; la plaquette Mar en sombra (Málaga, 1989); Dados y dudas (Pre-Textos, 1996), accésit del premio Jaime Gil de Biedma en 1995, y Lázaro se sacude las ortigas (Abada, 2005). Sus poemas han aparecido también en antologías como Las diosas blancas (Hiperión, 1985), Ellas tienen la palabra (Hiperión, 1997), Poetas de los ochenta (Mestral, 1988), Antología de la poesía española 1977-1995 (Castalia), Canción de canciones (Mario Muchnik), etc., y el pasado año publicó la antología Antes de nada, después de todo (Universidad del País Vasco), que reúne todos sus libros editados hasta el momento.

Discípula y amiga de María Zambrano durante sus últimos años de vida, ha preparado la edición de Algunos lugares de la pintura de la pensadora malagueña y acaba de publicar Poetas en blanco y negro (Abada, 2006), una recopilación en la que se reúnen poemas de 230 poetas españoles, portugueses e hispanoamericanos que han ido publicándose en la sección «Contemporáneos» del suplemento cultural de ABC a lo largo de los últimos años. En 2004 la Real Academia de Poesía de Córdoba le concedió la Medalla de Oro Don Luis de Góngora y en 2006 ha obtenido el premio Villa de Madrid «Francisco de Quevedo» por Lázaro se sacude las ortigas. En estos momentos tiene inéditos los libros de poesía La sed del río y Tótem espantapájaros.

TOMA TAMBIÉN MIS OJOS




Toma también mis ojos,
la decisión de fecha escurridiza
y llévame a aprender tierra de nadie
o inciertas geografías.
Toma el camino túnel o imán de mi memoria.
Enséñame a mirar senderos, nubes,
nervaduras, metáforas.
El espacio reiterado del deseo
en su mapa de arterias no resuelve
el crucigrama de mi nombre.

EL GRAN TEATRO DEL MUNDO




Caen,
dices,
devotos labios de nácar descreído
y hace mucho que la lluvia
sembró algunos silencios
escandalosamente invisibles.
Pero hemos estado siempre en este instante
donde todos los pájaros ensayan una fuga,
donde ensayan esta cúpula que cierra
el tiempo de la ofrenda
y la derrota.
Pero hemos estado siempre en este instante
de palabra ancestral
y desolada,
como inventando un cuadro eternamente
en el espejo turbio de la escena.

AMANECER CONTIGO




Si tus olas no hubieran venido a defender mis brazos
del cloroformo nocturno,
tal vez hubiera podido fingir
un cuerpo decúbito que nunca tiembla.


Atrás quedaban los versos residuales
coagulados por las musas en las losas,
sus giros de golondrinas, sus zumbidos de ofrenda
y una ciudad indiferente a la inquietud.


Ahora volvía a ser amable el roce de los rosales silvestres
sobre la piel desnuda, el arañazo de existir después de todo
en su pequeño manantial de sangre.


Virgilio nos miraba desde el puente del limbo,
su aliento duraba en nuestra sed,
quemaban sus palabras en las venas profundas.


Subimos despacio
para empezar el tiempo al otro de la arcilla,
la noche se hace cobijo entre los brezos,
balbuceo de vida alrededor,
guarda toda la luz desperdiciada en otra parte
para venir a amanecer contigo.

ITACA NO EXISTE




Tres vueltas de llave y un olor a silencio,
la luz súbitamente estrangulada en el lecho sin fondo
y la humedad de quince o más otoños
y esta locura
y esta oscura gangrena de embriagada penumbra,
tres o cuatro macetas con esquejes de olvido
o esa vela gastada en noche de tormenta.

Las puertas columpian el llanto de sus goznes.
Hace ya tiempo que no hay golondrinas al borde del tejado.

Asciendo lentamente
aquella escalera de los sueños freudianos,
subo a los altares mínimos
de mi propia insuficiencia.

¡Cuánto ayer empozado,
cuánta breve mortaja,
cuánto leve recuerdo!

Sobre la cal de esta pared escribo un verso:

He regresado y nada me esperaba.

Quizá se vuelve como la patria o al padre
con un algo de herida
y esa ansiedad de no reconocerse en los viejos espejos.
Quizá se vuelve tarde,
se vuelve ya sin tiempo.

Desde el suelo
una muñeca muerta me contempla,
–una muñeca serenamente muerta–

Me alejo
con la desagradable sensación de haber profanado una tumba.

SIN RAZÓN




He interrogado hasta el amanecer al pozo
de las preguntas. Es mentira que el corazón
sepa decirse mejor en esa sombra.

He interrogado a la memoria y al camino,
y al cielo turbio que coagulaba dudas.
Pero no bastaba crecer en los escombros
del verbo, ni formular la cicatriz reciente.

Un paisaje de puertas: entran y salen
las mascarillas de la muerte. Un paisaje
de paredes que respiran, de paredes
taladradas por sus ojos insomnes.

Buscas inútilmente
el rostro y su verdad, para que el miedo
aprenda a descifrar más despacio los pasos.

Una respuesta bastaría para narcotizar
la angustia, o el sopor de ser
gota a gota un espectro.

Buscas las piezas del puzzle
que faltaban, amontonas los trozos
pero se quedan fuera los detalles.
Una respuesta sólo bastaría...
Pero en los pasillos de la noche
sólo escuchas ese ruido de pies
acostumbrados a arrastrarse
hacia los desiertos.

A SALVO EN LAS COLINAS




El prado, el paraíso, el sol poniente,

las llamas de la infancia en el centeno,

las formas que resuelven nuestros pasos

en torbellino de universo y sus detalles.


Todo es pasar despacio la espesura,

esquivar el barro y la maleza,

y esa lluvia de abril que nos abre los ojos,

de par en par memoria en su intemperie.


Para que nada estorbe la canción de la cima

vienen después pájaros de la tarde

con la luz ceñida en su sosiego,

viene impaciente la tierra

a rezar su silencio a nuestro lado.


Todo el tiempo del mundo

anuncia un interior

de náufrago que espera.


Hoy es tarde todavía

y no se ha roto el rumor que nos quedaba.