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12.3.08

CÁRCEL PERPETUA



Yo vivo encadenado a tu hermosura,
lo mismo que a su roca, Prometeo;
sin poder quebrantar la ligadura
que me une a ti... por más que forcejeo.
¿De qué delito bárbaro fui reo,
para tener que soportar tan dura
y a la vez dulce pena? Mi deseo
es un placer que llega a la tortura.
Me atraes como abismo luminoso;
lucho, por arrancarme de tu lado,
con las fuerzas terribles de un coloso.
¡Inútil! A vivir siempre abrazado
a tu cuerpo flexible y armonioso
parece que estuviera condenado.

LA GRAN TRISTEZA



Una inmensa agua gris, inmóvil, muerta,
sobre un lúgubre páramo tendida:
a trechos, de algas lívidas cubierta,
ni un árbol, ni una flor, todo sin vida,
todo sin alma en la extensión desierta.
Un punto blanco sobre el agua muda,
sobre aquella agua de esplendor desnuda
se ve brillar en el confín lejano:
es una garza inconsolable, viuda,
que emerge como un lirio del pantano.
¿Entre aquella agua, y en lo más distante,
esa ave taciturna en qué medita?
No ha sacudido el ala un solo instante,
y allí parece un vivo interrogante
que interroga a la bóveda infinita.
Ave triste, responde: ¿Alguna tarde
en que rasgabas el azul de enero
con tu amante feliz, haciendo alarde
de tu blancura, el cazador cobarde
hirió de muerte al dulce compañero?
¿O fue que al pie del saucedal frondoso,
donde con él soñabas y dormías,
al recio empuje de huracán furioso
rodó en las sombras el alado esposo
sobre las secas hojarascas frías?
¿O fue que huyó el ingrato, abandonando
nido y amor, por otras compañeras,
y tú, cansada de buscarlo, amando
como siempre, lo esperas sollozando,
o perdida la fe... ya no lo esperas?
Dime ¿bajo la nada de los cielos,
alguna noche la tormenta impía
cayó sobre el juncal, y entre los velos
de la niebla, sin vida tus polluelos
flotaron sobre el agua... al otro día?
¿Por qué ocultas ahora la cabeza
en el rincón del ala entumecida?
¡Oh, cuán solos estamos! Ves, ya empieza
a anochecer. Qué iguales nuestras vidas...
Nuestra desolación... Nuestra tristeza.
¿Por qué callas? La tarde expira, llueve
y la lluvia tenaz deslustra y moja
tu acolchonado plumón de raso y nieve,
¡huérfano soy...!
La garza no se mueve...
y el sol, ha muerto entre su fragua roja.

alba luna en el oscuro velo,
tiemblan, de envidia y de dolor, los astros
en la profunda soledad del cielo.
Todo calla... el mar duerme, y no importuna
con sus gritos salvajes de reproche;
y sueña que se besa con la luna
en el tálamo negro de la noche.

TUS OJOS


Ojos indefinibles, ojos grandes,
como el cielo y el mar hondos y puros,
ojos como las selvas de los Andes:
misteriosos fantásticos y oscuros.
Ojos en cuyas místicas ojeras
se ve el rastro de incógnitos pesares,
cual se ve en la aridez de las riberas
la huella de las ondas de los mares.
Miradme con amor, eternamente,
ojos de melancólicas pupilas,
ojos que semejáis bajo su frente,
pozos de aguas profundas y tranquilas.
Miradme con amor, ojos divinos,
que adornáis como soles su cabeza,
y, encima de sus labios purpurinos,
parecéis dos abismos de tristeza.
Miradme con amor, fúlgidos ojos,
y cuando muera yo, que os amo tanto
verted sobre mis lívidos despojos,
el dulce manantial de vuestro llanto.

IDILIO ETERNO


Ruge el mar, se encrespa y se agiganta;
la luna, ave de luz, prepara el vuelo
y en el momento en que la faz levanta,
da un beso al mar, y se remonta al cielo.

Y aquel monstruo indomable, que respira
tempestades, y sube y baja y crece,
al sentir aquel ósculo, suspira…
y en su cárcel de rocas… se estremece!

Hace siglos de siglos que, de lejos,
tiemblan de amor en noches estivales;
ella le da sus límpidos reflejos,
él le ofrece sus perlas y corales.

Con orgullo se expresan sus amores
estos viejos amantes afligidos;
Ella le dice «¡te amo!» en sus fulgores,
y él responde «¡te adoro!» en sus rugidos.

Ella lo aduerme con su lumbre pura,
y el mar la arrulla con su eterno grito
y le cuenta su afán y su amargura
con una voz que truena en lo infinito.

Ella, pálida y triste, lo oye y sube
le habla de amor en su celeste idioma,
y, velando la faz tras de la nube,
le oculta el duelo que a su frente asoma.

Comprende que su amor es imposible,
que el mar la acopia en su convulso seno,
y se contempla en el cristal movible
del monstruo azul, en que retumba el trueno.

Y, al descender tras de la sierra fría,
le grita el mar: «¡en tu fulgor me abraso!»
¡no desciendas tan pronto, estrella mía!
¡estrella de mi amor, detén el paso!

¡Un instante mitiga mi amargura,
ya que en tu lumbre sideral me bañas!
¡no te alejes!… ¿no ves tu imagen pura,
brillar en el azul de mis entrañas?”

Y ella exclama, en su loco desvarío:
«¡Por doquiera la muerte me circunda!
¡Detenerme no puedo monstruo mío!
¡Compadece a tu pobre moribunda!

¡Mi último beso de pasión te envío;
mi postrer lampo a tu semblante junto!…»
Y en las hondas tinieblas del vacío,
hecha cadáver se desploma al punto.

Entonces, el mar, de un polo al otro polo,
al encrespar sus olas plañideras,
inmenso, triste, desvalido y solo,
cubre con sus sollozos las riberas.

Y al contemplar los luminosos rastros
del alba luna en el oscuro velo,
tiemblan, de envidia y de dolor, los astros
en la profunda soledad del cielo.

¡Todo calla!… El mar duerme, y no importuna
con sus gritos salvajes de reproche;
¡y sueña que se besa con la luna
en el tálamo negro de la noche!

JULIO FLÓREZ ROA. Biografía


El poeta colombiano Julio Flórez Roa (1867-1923) nació en Chiquinquirá (Boyacá), el 22 de mayo de 1867. Hijo del médico y político Policarpo María Flórez, y de la señora Dolores Roa. Desde muy joven se trasladó a Bogotá, donde estudió en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, aunque hubo de interrumpir su estudio por motivos socio-económicos. Se mezcló con las corrientes literarias que dominaban la época: el romanticismo de Gustavo Adolfo Bécquer y de Víctor Hugo, quien fue el más supremo modelo de Flórez.
De humilde cuna y víctima de una pobreza que solamente lo abandonaría en cortos plazos de su vida, Julio Flórez vivió en un entorno caótico. Hechos como las guerras civiles de los liberales y conservadores, la guerra de los mil días y la desmembración de Panamá, influenciaron su poesía hasta convertirla en un reflejo del pensamiento popular de Colombia a principios de siglo XX. Es por esto que su poesía está impregnada de desesperanza, tristeza y desilusión.
Perteneció a una sociedad denominada La gruta simbólica y fue muy reconocido en todas las partes que visitó. Sus versos fascinaban a la gente al punto de que muchos de ellos pertenecían a la sabiduría popular y todavía en algunos lugares de Colombia, subsisten como tal. Sin embargo, Flórez no fue un poeta premiado, como sí lo fueron muchos de sus contemporáneos. El único título que ostentaba era el de poeta.
Tras abandonar el país en 1904 por causas políticas (la ascensión del dictador Rafael Reyes Prieto al poder), se dirige a México, donde es recibido con alborozo. Más tarde, viaja a Cuba y, después, a España, donde sus versos también son elogiados. A su regreso a Colombia, Flórez se instala en Usacurí (Atlántico), donde, se dedica al cuidado de sus cinco hijos (León, Lira, Cielo, Divina Alegría y Hugo). Cerca al día de su muerte, fue sacado de su casa moribundo y transportado a una tarima para que escuchara los ecos de la gloria y recibiera, entre otras cosas, una araña de oro, un crucifijo y un haz de laurel. (Aplaudido por la gente y en condiciones de gran humildad, pero por primera vez tranquilo, fallece el 7 de febrero de 1923.