.

.

17.3.08

MEDITACIÓN DE LA PECERA


La perfecta y homogénea redondez es el primer obstáculo,
pues por ella se opera una limitación básica
a la posibilidad de plantear un programa efectivo:
que un supuesto punto de observación pueda adoptarse.
Porque un giro de trescientos sesenta grados, tomándola como centro,
no descubre en lugar suyo alguno un rasgo diferenciador cualquiera
-textura del cristal por ejemplo, su espesor,
coloración u otra circunstancia que haga refractar
la luz allí de manera distinta.
El segundo es, siguiendo el orden lógico,
la trasparencia igual y uniforme del medio
(circunscrito por una esfera perfecta),
pues ello impide discernir en su seno punto alguno
que, fijado de manera inequívoca, sirva de referencia
para trayectorias y mediciones sucesivas.
El tercero es, evidentemente, la convicción bien fundada
de ser totalmente aleatoria la movilidad de los peces
al no serle aplicables las Leyes de los Grandes Números,
por entrar el caso en conflicto con sus hipótesis básicas.
El contemplarla fijamente lo induce aún a mayor confusión,
pues le revela una agresividad
en la materia indócil, tan manejable y breve;
como aquel protomártir armenio murió luego de la desolación, inútil
en quebrantar su ánimo, de una simple aspersión de perfume
mientras una blanquísima esclava desnuda tañía con palillos de jade
vasos, musicales por estar llenos de agua:
incoherencia.
Pues si concentra su atención en uno solo
pensando aislar así los tres problemas a efectos de análisis
(y signifique esto que son tres los ágiles peces)
para, una vez delimitada cada trayectoria [su curva
en un espacio de tres dimensiones (que la esfericidad
le impide proyectar dichas trayectorias sobre un plano
como posibilitaría con sus aristas un acuario corriente)]
con sus variantes codificadas, y a ser posible
dividida en un breve repertorio de movimientos básicos
en sucesión consigo mismos y con otros
mediante un número finito de leyes combinatorias precisas
con su margen de error asimismo acotablepara
recomponer entonces, digo, la realidad del fenómeno
que como un todo no es inmediatamente accesible,
advierte entonces que, puesto que la entera realidad que se le alcanza
la constituye el ámbito de la pecera,
no cabe más referencia para la trayectoria de uno
que suponer fijo alguno de los otros.
El problema se muerde la cola
pero ninguno de los peces lo hace (lo cual o los inmovilizaría
o los haría girar sobre un eje, lo que es equivalente)
así que contempla perplejo su indefensión ante el cristal,
que por falta de centro no termina.

No hay comentarios: