.

.

6.4.08

IN MEMORIAM

Picasso
a S. G. S.


Las Damas de Avignon
bailan sobre el puente
en inquebrantable libertad.
(El arte no es verdad,
sino mentira que nos hace ver la verdad).
Formas sin peso, espacio eternizado,
tus mujeres tan vivas y brillantes
en sus celestes carnes,
mientras Dora Maar llora,
tus damiselas con sus vientres verdes
hacen así,
así me gusta a mí.

Empire State,
ciénaga del tiempo,
círculo del ponzoñoso eco.
Rito penitencial
de tal estirpe.
Cronología de quien tuvo que morir
para crearte.
Nos atrapas,
despojas
de bélicas hazañas y eróticos torneos
y en cambio exhalas
patriarcas colosales en invisible costumbre,
mito de centenarias estructuras
procreando fantasmas.

Morder
de las maduras frutas
de tu mano,
la perfecta,
rotunda, la anhelada.
Explorando
tu voz amanecida,
tus gemidos:
tibios deseos
despertando, dormidos,
los corceles antiguos,
los sedientos.

Buscar tu brújula,
ser copa, fruto, receptáculo,
sonido del amor
que se reúne en el agua y la tierra.
Tardías madrugadas
de tejer tu boca en mi almohada
(entre la madeja que recuerdo
y la que olvido).
Tersa despierto,
fecunda hélice perenne:
esta espiral acuática
que siempre posterga tu llamada.
Juego de tímpano y sonido
cargado de humedad y de colinas,
de lengua de deseo
o tensa honda.
Soy la tibia humedad
que no regresa,
soy el deseo que callado espera,
soy la otra que despierta al alba.

Extiendo la memoria
hasta tocar tu lengua,
donde otra boca
borra ya mi tacto.
En la soledad
que cae vertical en esta cama
espero, en callada humedad,
esa llamada, que fue
que no será,
pero que espero.
Me arrepiento del olvidado banquete
de tu cuerpo extendido
en esa cama blanca
que quedó intacta
a pesar del deseo,
a pesar de la noche,
del beso,
de tus manos.

Más profundo que la roja médula,
tu nombre grabado.
El resto, soledad.
El polvo masticado de los años,
clave para descifrar la vida,
oscurece la pupila.
Y comprenderme
sólo rompiendo relojes, calendarios.
Veo tu azulada voz
mirándome,
esperando.

Unas manos certeras
que detienen
el alocado jinete de mis senos,
y en las calladas nupcias
presenciamos tu cuerpo alargándose en el mío.
Brazaletes y párpados te ciernen,
quisieran retenerte
rompiendo noches en gritos y gemidos,
esperando del alocado néctar,
la cita diferida del minuto
para poder, tal vez,
vencer la muerte.

Qué pena que apenas.
Los salados huecos de tus manos
tocaron cuello, senos, corazón y alas,
pero faltaba tanto.
Cada geografía de abandonada isla
por descubrir,
penetrar, marcar el territorio,
que pudo
ser tuyo y mío,
que no fue,
que apenas.
Conocer, adivinar tus dientes, labios
demoradas ternuras
presentidas.
La redondez de cada dedo
hundido en boca melancólica
y a veces alejada.
Imaginar apenas
los murmullos, gemidos,
el secreto lenguaje del momento
que no fue,
que pudo ser.
Hoy te nombro:
qué pena,
apenas.

Y dame una amarilla siesta
de nervios encendidos,
de bocas desatadas,
de pasión taciturna
de hambre que despacio...
Para mí
ni la noche, y menos la mañana:
sólo tu isla y mi sediento mar
citando rompe la tarde.
La secreta nostalgia de la siesta,
la complicidad de las palabras
siempre, a media voz
cuando avanzan las horas.
Tus manos y tu boca
pueden navegar húmedas
cada oculto rincón sin conocer de prisas.
Y después las palabras:
qué tal, cómo te sientes
¿te acuerdas cuando éramos niños,
esa tarde?

¿Cómo atrapar este momento?
La dulce compañía de tu ausencia
lánguida se instala en mi pasado
y a veces se revela en el presente.
Cómo absorber la esencia del momento
en la desnuda isla que me aprieta,
en esta soledad que me acorrala.
Por momentos, a veces me acostumbro.
Sola, salgo de mí,
y a mí regreso
en multiplicidades de persona.
No escapo a mi presencia
en la unidad cerrada del silencio.
Me absorbo y dulce me enveneno,
reduciendo palabras, pensamientos,
a esta hora absurda, dilatada,
crecida de infinito.

Hoy hablamos.
No importan las palabras ni los gestos,
pero sí los espacios de silencio.
Azorada te escucho,
extendiendo mis comas y adjetivos,
acariciándote en puntos suspensivos,
anudándote, con un punto final
en cada frase.
Para que no escapes cuando espero,
tocando casi
ese silencio tuyo.

Cada árbol una flauta
y cada flauta una lanza.
Cada ruido sinfonía
y la sinfonía un grito de batalla.
(Quien quiera comprender
que comprenda).
En silencio y sola,
el bosque se enbandera de luna,
el corazón humano
se despoja de temblores y desmesuras.
En memoria de los malos días
-estoy segura-
saldré airosa del Juicio Final:
me lo han prometido
los antiguos dioses.

No hay comentarios: