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14.8.11

SEÑORA


Señora,
hoy ha derramado usted
sobre mí, como un licor,
toda su tristeza.
No me engaña su cara
de peonza dando vueltas
y bailando todo el día
al son que tocan los fantasmas
que regresan del olvido.
Ni me asombra su maquillaje,
el lápiz negro que agranda
la vacía mirada
y escribe por todas partes
el invierno de hielo
en el que usted, señora, vive.
No me molesta su traje
ceñido o el ácido perfume
por un largo pasillo de sombra
que anuncia su disfraz.
Pero no pretenda hablar
conmigo, con palabras perdidas,
mientras la sacarina se disuelve
en el fondo de un café frío,
lleno de atardeceres perezosos.
Yo bien quisiera poner
sonido a algún pensamiento
suyo, limpiar de algunas telarañas
y polvo su casa
o abrirle las ventanas a la vida
y regar sus macetas
con aguas de ensueño.
Incapaz para el milagro,
señora, perdóneme el egoísmo:
me quedan pocas tardes de sol
y debo aprovechar mi tiempo
para encender las últimas hogueras.
No puedo prestarle mi hombro,
lo siento, créame, y espero
que lo comprenda: ni usted
ni yo tenemos ya remedio.

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