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4.12.09

TRÍPTICO POR LA LUZ

I
La luz recuerda,
exhausta,
en honda sombra,
el breve instante en que las llamas
levantaron su imperio por el cielo;
quieta, recuerda vastos pueblos,
los caballos o relámpagos tensos girantes en la hierba,
alzados en el esplendor de su victoria.
En el confín dorado del abismo
mira su antigua rueda de milagros,
la catedral fugaz de su mentira
y oscurecidos prados donde muriera el canto.
Desconsolada llega la penumbra.
Tiempo de ver fluir lo inexorable,
el sueño de verdad, la tarde,
por el declive turbio de las aguas.
Tiempo de estar, perdido con el barro
que sostuviera al cuerpo en fulgurancia.
Lo que en el claro día palpitó sucumbirá a la noche:
el bosque entre las hojas en la hora iluminada,
las palabras cruzando como pájaros,
el viento que olvidamos en los labios,
los continentes blancos en lo alto,
las invisibles manos
que alzan el heno en límpidos oleajes.
El girasol que abren y agostan los amantes
será materia,
débil materia del sueño incinerado.
La luz perdida toca en la tiniebla
los callados vestigios, los fragmentos,
la casi nada de su blanco cuerpo de memoria;
sabe que no retorna
la mansa espiga que el invierno uniera con el cieno,
que sólo es polvo el oro de su reino.
Y nada queda.
Y nada fue, sino la luz,
la vida,
el sueño en la distancia.
II
Lejos pasó la luz.
En los espesos bloques de la noche fluyen,
heridos, los instantes.
Ahora mis brazos,
el galopar nervioso de los astros,
el imperio del sueño que vibrara,
son música vencida, arenas vagas,
quilla que no cortó las aguas:
la agitación del viaje que se apaga.
Ahora mis manos van entrelazadas
contra la duna oscura de mi pecho.
Lejos golpeó la luz.
Atardeció en mi carne.
La vida entera ardió como una gota de ámbar.
Sin embargo, algo quedaba del jardín,
de la mañana vertida en la ternura,
de la esperanza sumergida
en los inmensos días luminosos,
cuando la hora es ancha y abarca soles navegantes,
besos que arden en la insensata lumbre del deseo:
el sueño de sobrepasar la muerte.
Anocheció en mis huesos.
Mientras la sombra vino sobre el mundo
supe que no es difícil desprenderse
de la límpida boca de la vida;
caer en lo profundo,
donde la luz no llega.
Las hojas rotas,
lo que de mí persiste, seguimos en lo oscuro,
sin intentar volver a la amistad del cielo.
Este es mi antiguo lecho, mi cámara de limo,
nuevos mientras comprendo
el término y destino de mis horas.
Esta es mi tierra de erizado mármol.
Alguien rompió la piedra para guardar mis iniciales
en la vana rutina de los aires;
y he visto a las palabras esforzarse,
querer ser,
creer,
iluminarse,
ansiar eternidades y angustiadas
caer
sin entender que el polvo y no la ira las reclama.
Este es mi cielo sin distancia,
entre constelaciones de raíces
y la humedad que baja en medio de los bulbos,
piedras
y el corazón de los jacintos ignorados.
Arriba corren los caballos,
y puedo imaginar
el claro jinete de las horas pardas
con el cristal del día entre las manos.
Y porque nada más poseo,
pienso en el fresco reino que ascendía
mientras la luz bajaba por la pared enferma de la tarde;
en el envés plateado de los sauces
sobre el temblor perdido de las aguas.
En la casa lejana
vigilia y sueño pasan abrasados.
La densa soledad sigue sin pausas.
¿Cómo podría ser de nuevo verdadero
en el amor o el odio,
aquí,
donde el intento de unos besos no alcanza más que los maderos,
la breve puerta de cristal cegada por la tierra,
los brocados que encierran mis lívidas entrañas?
Y ¿cómo sorprender al tiempo trabajando
con energía brutal en mi nostalgia?:
Recuerdo aquel verano,
la blanca piel,
la dorada espiga de agosto,
el vigoroso fulgor del aire entre los labios...
Y ¡qué silencios!,
¡qué ahogadas palabras acuden!,
¡qué pájaros hermosos
caen tan cerca de mis manos!
mientras el inclemente octubre se derrama.
Queda la hierba simple,
la roja estela que dejó la imagen
de los caballos mustios del ocaso:
el sueño de la carne:
perdurar un solo instante
en la ciudad del último destello...
¡Tanto brilla el recuerdo de las luces en lo alto!,
mientras la vida pasa,
mientras la sombra espera
como un abrazo
de los tranquilos reinos del subsuelo.
III
Menos que polvo es el recuerdo:
luz que no logró llegar donde mis huesos.
Y no despertaré para poner mi sombra
en el ardiente día venidero
ni fulgurar de noche con los sueños abisales.
Abrid el astro de los ojos,
y ved,
cómo he perdido el tiempo y he ganado los abismos,
la absolución final de los instantes,
el pasado de un cielo que brillará.
Luego apagad la rememoración del día,
los vanos fuegos, las voces importunas,
y dejadme soñar
el inflexible sueño de mi nada.
En la incansable noche hablo de la sombra
como de un lirio abierto
en la cerrada luna de los búcaros;
de las rotas imágenes que giran a su condición más tenue:
se alzan y se desvanecen:
son las últimas brasas palpitantes,
ráfagas del turbión donde la vida estaba.
Y hablo también del término del viaje
y del destino que apenas se levanta:
sombra sin tiempo anclada más allá de las palabras.
Nunca tuvo la sombra
más energía perfecta que ahora
en sus corceles que rememoran el paso desbocado de la sangre
por la intrincada red de inapresadas emociones:
magnéticos los cuerpos yacen, no se alzan,
apasionados e inefables,
sin importar si es dicha o es quebranto
la combustión que cruza inexorable.
Considero la senda que separa
mi tiempo sin instantes de los astros,
y es de sombra la savia que sostiene
viejas ramas flotando en el abismo.
Sombra es lo que hay en la distancia
que une y separa las estrellas y mis manos.
Y luego nada...
Habla la luz que fui;
y esto de siempre es el vacío unido a las palabras,
el sólido vacío que exhala
en soledad mi indiferente calma.

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